Mike Flynt tiene 59 años. Demasiado viejo para jugar fútbol americano universitario, pero no para cargar con lo que dejó pendiente. Casi 40 años después, vuelve a su universidad para recibir ese golpe que le cambió la vida. Golpeado, criticado, al borde del colapso, pero busca un partido más. No por fama. Lo hace por los compañeros que perdió, por la familia que deshizo, y por un final que todavía cree posible.