Natalie empieza su vida como traductora literaria en un barrio que está cambiando. Tiene más ganas que experiencia. La casa que alquila se ve bonita por fuera, pero por dentro es un problema: las paredes suenan con el viento, el piso rechina, y las goteras no la dejan en paz. El dueño le regala un perro como gesto amable, pero no todo es lo que parece. Mientras traduce textos, también tiene que lidiar con que la casa se está cayendo a pedazos. Cada grieta nueva es como los problemas que empiezan a salir con el casero. Se obsesiona con