Finales de 1941. Zoya Kosmodemyanskaya sale de la escuela y se mete de voluntaria a un grupo de partisanos. En una misión, sus compañeros caen en una emboscada y los nazis la capturan. La torturan por horas, pero ella no suelta ni una palabra que pueda poner en riesgo a los otros grupos. Ni siquiera dice su nombre real. Su sacrificio no fue en vano; prendió fuego en el corazón de millones y se convirtió en un símbolo de heroísmo en la Segunda Guerra Mundial. Es una de las heroínas más recordadas de esa época.